Sábado



            Yo sé que hace mucho me preguntaste, hijo querido, por qué nunca me saco este rosario, si yo no creo en Dios, ni en la Virgen, ni en nada que se le parezca. Entonces me hice el sonso, como hago siempre que me preguntai de matemática o ciencia sociale. Te contesté que era un regalo de tu tata, que es media bruja, pero no te dije por qué ni para qué lo llevo siempre cerquita mío.
Resulta que las gringa son mi debilidá, varón, pa´ qué negarlo si antes de conocer     a tu vieja, cometí infinidá de locuras  por ese pelo dorado. Una de esa historia pasó una noche de sábado, cuando yo era un pibe y fui al baile con un compañero de obra al que la decíamo Tula.  Por ese tiempo, éramo culo y calzón con el pibe.
            Hacía media hora que habíamo entrado al Estadio del centro  y la gente se multiplicaba como conejos. Entonces, el Tula reclamó su derecho a bailá con la más linda.


            -¡Por dió!- dijo mi amigo que tenía un codo apoyado en la barra.   
            -¿Qué lo qué?- pregunté sobresaltado.
            -La gringaza aquéia- Aclaró, señalándomela con la punta de la nariz.
-¡Qué pechos! ¡E un diosón!- dije y me dediqué a pispearle toda la contextura.
           
                        A mí la mina me había partido el bocho pero tuve que cederle mi lugar al Tula que la había visto primero. Antes de encarar a las mujere nos poníamo de acuerdo sobre cuál le tocaba a cuál. Era un trato que habíamos hecho, pa´ evitar confusiones.

            -¿Ferné?- preguntó el Tula levantando el vaso en dirección a la   gringa.
            -No, gracias- contestó la minita que  la acompañaba.

Nos habíamo acercado lo suficiente como pa darno cuenta de que eran mina de cuntry. Se le notaba en la ropa, en las palabras fifí, en los zapatos. Imaginé a sus mariditos de viaje, a quilómetros del Estadio y sus olores.

            A pesar de la cara de orto, la amiga de la gringa no era fea, bastante flaca, eso sí, pero nada despreciable. Lo que la afeaba era cierta actitud de donia de su casa que tenía en lo ojos y un toque de vejestorio en la vestimenta. La gringa no, se había jugado con una faldita negra y unos botone de cania que la dejaban pa´ el infarto. Despué de preguntarle los nombre y decile alguna que otra tontera nos separamo, cada uno con la mina que le había tocao.

            Mientra agarraba a la flaca de la cintura, le pregunté de donde la conocía a la gringa.
            -Ivana es mi prima- contestó sin dejar la cara de orto. Tenía el escote escaso y poblado de lunares.  Me contó que, cada tanto,  salían junta a buscar lo que no tenían en casa. No sé si entendé de lo que te digo. La mina hablaba y yo movía la cabeza no más porque no soy muy del chamuio fácil; sobre todo, cuando no estoy entusiasmado.

            Con la excusa de ir al baño, me escapé de la flaca. Me compré un vaso de sangría y lo tomé tranquilón, al costado de la pista. Todavía no terminaba de chupar cuando apareció la gringaza  de cuerpo entero y  sin dar explicaciones, me arrastró a la pista.

            Ni me acordé del Tula y nuestro pacto mientras la bruja se movía alrededor mío, rozándome con su poierita mínima. Dejé que la cosa tomara temperatura, mientras saboreaba su perfume a flor recién arrancada y esa suavidad en las manos que daban ganas de besarlas centímetro por centímetro. Bailamos apretadito, que es la única forma que se puede bailar en el Estadio. Yo estaba hecho un fuego cuando la Mona empezó a cantar Beso a Beso. Entonces arranqué. Me la chapé con toda la lengua, como si fuera un helado de tres bochas. Ella me preguntó disimuladamente si quería ir a su auto.

-Sí mamita, hasta donde vos quieras, bebé.
Me llevó de la mano.  Afuera hacía un frío de locos. La gringa tenía un renó, plateado y grande.  Le había puesto un olor a pino demasiado dulce, típico de mina. La cosa es que manejó tranquila hasta un descampado y ahí, bueno, libertá total, pa qué explicarte, si vos te lo podé imaginá de lo más bien, mi machito.

            Al  otro día, llamó el Tula. Creí que me iba a putear de arriba a abajo pero en lugar de eso me dijo que era un grande y me pidió detalles.  A él la gringaza le había pegao una cachetada, apenas la quiso besá.
Calculé que no la iba a ver más, que lo nuestro no pasaba de un polvo feliz, una noche de sábado. Pero viste cómo son esas mujeres, calentona y romántica, a más no poder. El viernes siguiente, me llegó un mensajito jot mientra estaba en la obra, de eso que no se pueden leer delante de los chico.

            A la vuelta del trabajo, pasé por la panadería y le compré una docena de factura a la vieja, que siempre me esperaba con el mate listo. Estábamo en lo má lindo de la charla cuando ella me llamó, haciéndose la enojada porque no le contestaba el mensajito. Susurró melosa que hacía año que no cogía como la de la otra noche, que yo le había devuelto el orgasmo, que no conocía otro mejor que yo en la cama. Hasta se atrevió a decir que estaba enamorada de mí y propuso que nos encontráramo. Yo no estaba seguro, así que le dije que esa noche no podía ser, que yo la iba a llamar cuando tuviera tiempo y corté.

            -Tené cuidado- dijo tu abuela y me miró con eso ojazo que daban miedo.

            Me fui a dormir contento porque al otro día era sábado y trabajábamo solamente hasta el mediodía. Al día siguiente, mientra hacíamo el contrapiso, no hice otra cosa que pensar en la minita, en lo que pretendía hacer conmigo, en las mile de manera en que la cosa podía terminar mal (incluyendo quel marido me descubriera en su cama y me cagara a tiros).

            -Aprovéchate pibe, no seá sonso- opinó el Tula cuando le conté que la gringa quería verme de nuevo. Yo lo miré de reojo, poco convencido. Él decía que la mina con guita le pasan plata a su amante. Salí del trabajo con la ropa llena de cal y la  cabeza efervescente como una lata agitada.

            No tuve que esperar mucho pa´ que me llamara. Seguía con el estúpido papel de mujer enamorada. A mí eso me aburre siempre, así que le propuse sin rodeos que nos encontráramo en un telo de la Obispo Salguero. El Tula me lo había recomendado por el nivel, explicando que a una mina así no se la puede llevar a cualquier lado.

            Apenas llegó, me saludó con su sonrisa gatuna. Yo tenía miedo que no fuera tan linda como la recordaba, que el ferné y la noche hubieran alterado mi percepción de las cosa. Por suerte no, era un durazno maduro, de eso que se deshacen  suavemente en la boca.  La de la entrada nos dio la llave de la habitación y subí rápido las escaleras, a paso agitado. Estaba muy apurado, tanto que me empecé a desvestir apenas me acerqué a la cama. Vos nunca te apures, pibito, si lo que querí es llegar a buen puerto. La gringa me frenó.

            -No intentes arrancar sin calentar los motores- dijo y me dio el primer       beso.

            En vez de calmarme, me puse peor.       Parecía un debutante. Comenzamo a jugar a lo bruto, la manoseé de             arriba abajo, apretando con rabia sus tetas abundantes. Pero no se me paraba, caí entonces en humillante    recurso de la paja. Me amasijé la pija con todo el afán del mundo, pero no pasó nada. Viste como son estas cosas, si el bocho te juega en contra, estái muerto. Y la mía se murió, así como lo escuchá, hijo, dieciocho años y la verga muerta como un colgajo. Por más de que insistimos un rato, no pasó nada.  Pa´ colmo, la muy turra se enojó, como si lo mío hubiera sido intencional. Salimo de la habitación por separado.

            Pachucho como estaba me tomé el bondi pa´ las casa. Esa noche ni comí. Me acosté en la cama con la respiración todavía agitada por los nervio y soñé con ella. La tenía abajo mío como un par de horas atrá y la penetraba a un ritmo acelerado, con el pecho transpirado de tanto coger. La gringa quietita ahí, con todo su pelo suelto, ni se movía y me permitían recorrerla desde del gaucho hasta el cogote, ese bonito cogote que yo ahorcaba con rabia, sin atendé a los ojos marrone que se iban abriendo cada vez más, ahogándose en el grito de auxilio que no salía de su garganta.

            Cuando sonó el despertador yo tenía los ojos abiertos  y un sudor frío corría por mi espalda. Me vestí rápido y me mojé la cara con mucha agua para lavarme lo malo pensamiento.
            Mi vieja ya estaba mateando cuando me asomé a la cocina. Me miró de reojo y se acercó, sin soltar el mate.
            -Ha dormido mal, mijo- Declaró sin preguntá, con la seguridad que sólo una madre puede tené. Ahí se sacó este rosario de plata y me lo colgó en el pecho.

            -No se lo saque, m´ijo, hasta que le vuelva el sueño. El diablo anda cerca suyo- agregó haciéndome la señal de la cruz y susurró una palabras raras que no entendí.

            Después, chupé un par de mates que me cebó la vieja y me fui pa la obra, leyendo el montón de  mensajes que me había mandado la gringa. Esta vez parecía amable, decía que todo había sido culpa suya, por forzarme a estar con ella demasiado rápido, que necesitábamos tiempo pa conocerno, que me invitaba un fin de semana a su casa de las sierra. Cuando llegué al último, estaba asqueado. Los borré a todos, sin excepción.

            Esa mañana, el Tula estaba raro. Hablaba poco y tenía un aire serio en la cara. Contó que había visto una película en la tele,  sobre un tal Ramón Carrillo y  gracia a eso había  descubierto lo que quería hacé con su vida. Iba a ser médico “pa´ atender en las villa”, dijo, pa´ calmar un poco “lo dolore de la pobreza”.  Antes de subirse al andamio, me prometió que en diciembre se anotaba en la facultá. Tan entusiasmado, tan lleno de leche estaba con su sueño, pobre pibe, si me acuerdo y me empieza a doler la panza de acordarme lo que pasó después. Un desastre. Tan puto como este mundo recontramilmal parido, tan tonto que no hubiera pasado si se ataba el arnés. Y yo no hubiera tenido que escuchar el ruido del golpe en seco. Ese que escuché mientras pintaba la verja y cuando me di vuelta hizo que se me hiciera un nudo en el pecho al verlo tirado ahí, sobre un charco de sueño rojo, pobre pibe, su sueño de sé algo en la vida que se le habían ido a la mierda, culpa de que el diablo me estaba buscando a mí y me pasó de largo. 


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