Ana Lluvia
Antes de irse a dormir la siesta, Anselmo gruñó: -El año está perdido. Su esposa no dijo nada, estaba harta de escucharlo quejarse. Empujó la silla de ruedas de su madre hasta el dormitorio. Al llegar, tomó sus carnes flácidas, la acomodó en su cama de hierro forjado, y la arropó como a un niño.