Ana Lluvia




Antes de irse a dormir la siesta, Anselmo gruñó: 

-El año está perdido.

  Su esposa no dijo nada, estaba harta  de escucharlo quejarse.  Empujó la silla de ruedas de su madre hasta el dormitorio. Al llegar, tomó sus carnes flácidas,  la acomodó en su cama de hierro forjado, y la arropó como a un niño.

Zoraya cerró los ojos. Caminó hacia el bosque, inspirando lo más hondo que podía ese aire oloroso a hierbas y tierra mojada.  Cuando llegó a la espesura del monte, un jilguero se posó en su hombro izquierdo y silbó para ella. Oyó el rumor del arroyo, con su antiguo vigor.  A sus espaldas, sintió pasos. Las hojas del suelo se levantaron, en un remolino diminuto. No tenía que darse vuelta, para saber que ella estaba ahí. 

En la Aguada, no llovía. Las semillas, debajo de la tierra perdían de a poco sus poderes mágicos y la metamorfosis dorada del trigo era  solo un recuerdo.

Anselmo, harto de rezar, sujetó un puñado de santos a su arado y los arrastró increpando:
-¡Ya es hora de que llueva! ¡Ya es hora de que llueva!

Tras lo cual, solo había logrado que las viejas del pueblo lo acusaran de herejía. Era la peor sequía en diez años.

Después de la siesta, los hombres del pueblo se reunieron en la cooperativa. Era la tercera reunión que hacían para elaborar un plan de contingencia y no lograban ponerse de acuerdo.  No podía inventarse la lluvia.

-¿Abrimos el vino?- propuso Julián, que había venido con una botella bajo el brazo.

-Con esto de la sequía, ni ganas de chupar hay- contestó el paisano Pérez.

Se miraban las caras, cuando el jefe de la comuna atravesó la puerta del galpón.

-Tengo un plan para salvar nuestra economía- anunció y los ojos de los hombres del pueblo se volvieron a la figura de Justo Argañarás, que se había puesto su mejor traje.

Acomodó el proyector contra una pared blanca y conectó la notebook.

-La solución a nuestros problemas se llama “Ana Lluvia”.

-Yo la recuerdo perfectamente, vivió hace no muchos años en el pueblo, la gente decía que hacía brujería- gritó un hombre que fumaba pipa.

-Correcto Don Gómez, Ana Lluvia era capaz de llamar al agua con sus rituales.

- ¿Y qué querés hacer con eso, una película?- increpó Anselmo.

-Quiero declararla nuestra patrona.

-Anatema- gritó el cura párroco, golpeándose la frente.

-Que la declare nuestra patrona, no nos va a devolver la lluvia.- aseguró el paisano Pérez, que era dueño de un gran sentido común.

Justo Argañarás usó sus dotes de gran orador, para explicarles que lo único que hacía falta para que la gente creyera en Ana Lluvia, era una buena campaña publicitaria. La idea era impactar con un mensaje potente, utilizando todas las herramientas de la tecnología. Lo primero era encargar diez pósters a todo color, para colocar en puntos estratégicos como el almacén, la parada del ómnibus, la escuela y la parroquia, sin contar los centros de reunión de pueblos vecinos. Todos quedaron fascinados ante la imagen de una mujer elevándose sobre las aguas, y las letras plateadas que invitaban a la fiesta en honor a "Ana Lluvia, Señora de las Tormentas".

-Declararemos el diez de diciembre, fiesta patronal en honor a nuestra Santa. Ese día nuestra patrona nos regalará una hermosa tormenta.

Los de la comuna miraron el almanaque, apenas faltaban quince días para esa fecha.

-¿Y si no llueve?- inquirió Anselmo.
-En medio de la música y la borrachera, la gente se olvidará de la lluvia y nosotros nos quedaremos con las ganancias- aseguró el dirigente.  

A falta de ideas mejores, el plan de Justo terminó por imponerse. Cada uno de los hombres se fue de la reunión con una tarea asignada. Anselmo quedó al frente de la comisión del milagro.  Lo habían elegido para que fuera él quien anunciara la aparición de Ana Lluvia . Era difícil mentir, sobre todo para un hombre tan poco religioso como él.

-Eso te da más legitimidad. Sos un ateo convertido, anunciando “el mensaje”, ¿capiche?- dijo el cura y guiñó el ojo.

A la mañana siguiente, se reunieron con las maestras de la escuela, para explicarles lo de la aparición  de Ana Lluvia.

 -Apareció en mi campo, rodeada de estrellas- exclamó Anselmo, con un poco de cargo de conciencia.

Las maestras lo miraron sorprendidas y alegres.  Apesadumbrado, Anselmo comprendió que era fácil engañar a la gente. Bastaba con mostrarse suficientemente convencido de lo que se decía. “Ven en uno la seguridad que les falta”, pensó. Cuando la noticia de la aparición se hizo pública, tuvo que recibir a varios periodistas en su casa y sacarse fotos, en el lugar de los hechos.

A la única que no pudo engatusar, fue a su mujer. Eran demasiados años juntos, como para no saber cuándo el otro decía una mentira. La hija de Zoraya lo miró ofendida, pero entendió que era imposible volver atrás.

Las homilías del mes de noviembre estuvieron dedicadas a explicar quién era Ana Lluvia, resaltando que, a pesar de sus antepasados africanos, había sido  católica-apostólica-romana.

Los demás hombres de la comuna se dedicaron a pegar carteles, enviar invitaciones por correo y difundir el evento, entre conocidos y amigos.

Zoraya recordaba la felicidad de arrope en manos de la negra, que entonaba candombes mientras barría, lavaba y preparaba guiso. Se llamaba Ashanti, venía de una tierra negra como su piel, tenía sangre de cebra corriendo por la estepa, y los pájaros y las flores la seguían.  La había visto adorar a sus dioses en el cuarto de limpieza, donde tenía un altarcito con  una virgen de manto azul, a la que le decía Yemanyá. Ashanti tocaba la tierra con la punta de los dedos, y se besaba las manos, en señal de respeto. El padre de Zoraya fue el primero en cambiarle el nombre. 

Días antes de la fiesta, las vacas y los cerdos, que no habían muerto por falta de agua, fueron faenados. Además del asado, las mujeres armaron docenas de pastelitos y empanadas.

 Se montó un escenario en la plaza, se adornaron con guirnaldas los edificios principales de la comuna y se armó un gran altar al aire libre, donde se exponía la figura de Ana Lluvia, recién modelada por un artesano del pueblo.

Esa noche, la Aguada se llenó de turistas. Varios intendentes de los pueblos vecinos asistieron, porque andaban con la misma problemática y querían ser testigos de aquella salida político- religiosa. A medida que llegaban, la gente iba dejando velitas encendidas en el altar.

Tras la bendición del cura, el testimonio de Anselmo y el discurso del jefe comunal, se abrió el escenario. El coro de la escuela, los malabares con huesos del carnicero y los chistes del paisano Pérez, fueron algunos de los cuadros destacados, pero lo mejor vino con la Banda de los Sonrientes, que tocaban cuarteto, chamamé y paso doble. La muchedumbre enfervorizada bailó en un solo ritmo, levantando una nube de polvo y amor. Estaban cansados de la tristeza, querían olvidarlo todo, exorcizar las penas con música.

El cielo despejado hacía difícil creer en la proximidad de una lluvia. Sin embargo, algunos puesteros se habían provisto de paraguas y pilotos, por si el milagro advenía.

Anselmo no se separó del intendente en toda la noche. Pensaba que si las cosas se ponían feas, tendrían que huir juntos. Ya habían pasado varias horas de la fiesta, cuando Justo reveló la última parte de su plan:

-Quiero que me ayudes a largar una lluvia de papelitos picados, desde el techo de la Iglesia.

Anselmo lo miró de reojo. Cambiar una lluvia por un montón de papelitos era el colmo de la injusticia, pero ya habían llegado muy lejos y "había que bailar hasta el final", pensó, y se subió a la camioneta de Justo. El jefe había robado los papelitos de la hinchada del club, que soñaba con coronarse campeón este año. Subieron las escaleras del campanario, con dos bolsas de consorcio cada uno.

A las dos de la mañana, Anselmo comenzó la lluvia de papelitos. Justo, entusiasmado, lo acompañaba haciendo sonar las campanas. Oyeron  aplausos y vítores de emoción.  La banda de los Sonrientes subió corriendo al escenario e improvisaron una música solemne, muy de película. Todo iba bien, hasta que una brisa pícara hizo que algunos papelitos volaran hasta las velas y cayeran encendidos sobre  el mantel del altar, que era de nylon, y se prendió fuego enseguida.

Anselmo estaba tirando la última tanda de papelitos, cuando vio las llamas. Le hizo un gesto al intendente y ambos se asomaron por el campanario, descreídos de lo que veían. El fuego había empezado a tomar el techo de paja de una casa vecina.

Enseguida se formó una gran hilera, por la que circularon baldes cargados de la valiosa agua de la cisterna. La alegría general se convirtió en angustia. El líquido se acabaría de un momento a otro y no habría con qué luchar contra las llamas.
 En medio del caos, la hija de Zoraya  percibió la ausencia su madre. La había dejado en su silla de ruedas, junto al puesto de mojitos y paraguas, charlando con el vendedor. Todos los puesteros habían ido a colaborar con el incendio, así que no había a quién preguntar por la anciana.

Caminó por las casas vacías del pueblo, llamando a Zoraya. Era imposible que se hubiera ido lejos por sus propios medios. Desesperada, volvió a su casa. La soledad del campo le hizo pensar en su hija, perdida unos años atrás, en el destino, en la sequedad de aquel pueblo yermo como su vientre.

Un relincho de los caballos la dirigió al establo.  Con la vista ciega, mirando hacia el cielo, Zoraya cantaba. Sus palabras eran incomprensibles, pero tenían cierto aroma a arrope, a negritud exaltada, a candombe de pies descalzos e infancia siempre viva, guardada en algún lugar del corazón.

Cuando se acabó el agua, los hombres buscaron palas para tirarle tierra al fuego, que ya se había comido un par de casas.

-Es una desgracia, es el fin mi carrera política- murmuró Anselmo.

Los turistas se iban yendo de a poco. Era imposible ayudar a un pueblo tan azotado por la mala suerte.

 Anselmo quería confesar todo,  sacrificarse.  Aquella mentira, había exacerbado la ira de los dioses. En eso estaba, cuando Justo Argañarás le tocó el hombro, mostrándole la llave de su camioneta.

-Hay que irse, antes de que a alguno  se le escape la verdad.

 No tuvo tiempo de despedirse de su mujer y, mucho menos, de su suegra. Justo ya había puesto en marcha la cuatro por cuatro y el fuego tomaba proporciones insospechadas.




















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