La gran bestia Pop




Si fuera libre, no tendría que rascar la puerta para salir al patio. Si fuera libre, correría todo el día tras las ruedas de los autos. Si fuera libre, volvería al sexo, a las perras, al amor. Pero hacía un año que Pop comía alimento de perro, olía bien y tenía un collar plateado alrededor del cuello. Extrañaba vagar sin rumbo y dormir sobre el asfalto caliente. Lamentó haber cambiado su libertad por  un techo y un plato de comida.


Era un día gris. Caminaban palmo a palmo. El aroma de Silvina, su cascada de pelo negro y grueso, las caricias de sus manos, compensaban su pérdida. Con siete meses de embarazo, parecía un globo de carne y hueso. El bebé nacería bajo el signo de leo. Se sentaron en un banco de la plaza. Pop vio que estaba seria y estiró la patita para que le acariciara el lomo.
-Cuando nazca nos vas a tener que cuidar a los dos- dijo ella.  
Pop le lamió la mano y la que había dentro ella dio un salto de alegría. Se quedaron mudos largo tiempo. La plaza estaba desierta a esa hora de la mañana.
Llegaron a la casa mojados, una llovizna fría había interrumpido su paseo matinal. Pop se acomodó en la alfombra del living. Desde esa posición, se veía el cuarto de la naciente, que se iba poblando de cosas rosadas.
El esposo llegó pasadas las seis de la tarde. Por la ventana, Pop vio su auto plateado. Ese tipo de autos son los que uno encuentra cerca de los mejores restaurantes y hoteles de la ciudad. Colgó su guardapolvo en el perchero de la entrada. Olía a Lisoform. Era alto y tenía las manos gruesas y llenas de pelos. Antes de sentarse, le pegó a un chirlo en el hocico al  perro. Nunca lo había querido y hablaba a cada rato de cambiarlo, por algún ejemplar de raza.
Un rato después llegó la suegra. Pop observó sus stiletos negros. Olía a perfume importado y a decrepitud. La mujer venía a comer cada miércoles, después de su visita al psiquiatra.
-Tenés que dormir con las piernas para arriba para que no se te hinchen los pies- dijo.
Puso sobre la mesa una vajilla de porcelana floreada, con ribetes de oro y esperó a que todos se acomodaran para traer el arroz. Lo hacía con verduras, pollo y salsa de soja.  
-¿Ya saben el sexo del bebé?- preguntó la vieja.
                Silvina se apuró a decir que no y se acarició la panza. Había cerrado la puerta de la niña con llave, para que nadie entrara. Pop veía todo como en un teatro de sombras. Silvina recibió con una sonrisa forzada los escarpines blancos de la suegra.
Cuando la vieja se fue, llegaron los reclamos. Hacía una semana se sabían el sexo del bebé y no había razón para ocultárselo a su abuela.
-Es para que no me obligue a ponerle tu nombre de la familia- se defendió Silvina.
Gritaron un rato hasta que un golpe de puño sobre la mesa de madera puso fin a la discusión. Pop vio como las sandalias de Silvina y sus tobillos hinchados se encaminaron al cuarto.
                Se levantaron a las siete. Silvina puso la pava y las tostadas al fuego. Desayunaron callados. Se oía el sonido de los primeros autos de la mañana. Lo despidió desde el marco de la puerta. Después  barrió la cocina, al ritmo del reguetón que sonaba en la radio.
El sol estaba en lo alto, cuando apareció el amante; olía a deseo, a cigarrillo,  a pino artificial. Cerraron las cortinas. Elevaron un poco el volumen de la música. Ella comenzó a desprenderle los botones de la camisa, mientras le preguntaba qué tal andaba con el taxi. Silvina y el amante hicieron el amor en el sillón.
Abrazados y desnudos, imaginaron un futuro juntos. En el dial sonaban Chino y Nacho. Sus cuerpos olieron a sexo, a miedo, a rencor.  
-No lo aguando más- dijo Silvina, las lágrimas dibujaban eses en su rostro cuando le explicó su plan.
Pop recordó a la Golden Retriever de la calle Malvinas.  El amor entre los perros era mucho simple, pensó.  Echado en la alfombra,  oyó la respiración acelerada del amante. Se había escondido en el armario de las escobas.
El marido dejó el maletín, del que asomaba un estetoscopio y colgó la chaqueta en el perchero. El aire olía a caldo de verduras.    
 Desde el suelo, Pop observó que Silvina retenía los alimentos en el buche. Sentado a sus pies, devoró un pedacito de carne, de la mano de su dueña.   
El chirrido del armario adelantó las cosas. Mientras al amante salía de su escondite, Pop clavó sus colmillos en la entrepierna del marido. Es lástima que el taxista no supiera usar el arma.
El beso de la bala ardía. La sangre era pegajosa como una placenta. Antes de morir, Pop volvió al día en que conoció a Silvina. Ella le había acariciado el lomo pelado por la sarna y le había dado agua para calmar su sed infinita. Se le iba la vida cuando ella se acercó y le regaló otro beso, mucho más dulce que el de la bala. 






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