A un millón de años luz de casa
Varados en
Ulon, los astronautas mantenían contacto con sus seres queridos gracias al
internet galáctico. El sistema estaba apoyado en una cadena de satélites, de
ubicación estratégica, en distintos puntos de la Vía Láctea.
Pero Louis
no tenía con quien hablar. Antes de embarcarse en aquella aventura espacial, un
accidente automovilístico le había quitado todo lo que amaba. Para mitigar su
mala suerte, se registró en una red social de solos y solas. Recorrió
los perfiles. Le gustó una chica que tenía la mirada oscura y un lunar junto a
los labios. La saludó en un español defectuoso.
-Mucho gustos,
mi nombre ser Louis. ¿Cuál ser el tuyo?
- Mi nombre es
Lorena. Soy argentina. ¿De dónde sos vos?- preguntó.
-
Estados Unidos.
-
Me parecía.
-Aprendo
español gracias a internet.
-¿Es
verdad que sos astronauta?
-
Sí. Ahora estar en un planeta muy, muy lejano.
-¿Cuánto?
-A
un millón de años luz de casa.
Le envió fotos
de paisajes ulonitas. Un campo de flores doradas, una torre de babel cuyos
límites no alcanzaban a verse, un bosque de árboles plateados que se parecían
mucho a los eucaliptus de la Tierra, un artrópodo cuyo cuerpo estaba cubierto
de ojos. Acordaron encontrarse en el Skype
al día siguiente.
Cerró los ojos y Lorena apareció en sus sueños
como una medusa, un fantasma de un cuerpo moreno que se deshacía entre sus
manos.
Estaban
infinitamente agradecidos a los habitantes de aquel planeta, que los habían
rescatado del incendio en la Estación Espacial. Eran unos delgados cíclopes de
piel rosada y costumbres pacíficas. De no ser por ellos, los astronautas
hubieran muerto rostizados por el fuego.
Louis se conectó un ratito después del almuerzo. Ella tenía puesta
una bata de seda y una gata negra ronroneaba en su falda. Sintió envidia del
animal que gozaba de sus caricias.
-Se llama Perséfone- dijo ella.
-Yo tener un gato en la tierra. Lo regalé para viajar. Lo extraño
enorme.
-Él te extraña más.
-No hay nada como un gato-dijo él.
De nuevo soñó con Lorena. Vestido de astronauta, flotaba frente a
ella. La mujer no lo veía. Plantada en su silla, acariciaba a la gata, sin prestar atención a las llamas. Olas de fuego consumían sus cuerpos que no podían
tocarse y estarían separados para siempre, en dimensiones distintas de la
realidad.
Se le partía la cabeza cuando
se despertó. Una enfermera ulonita confirmó que tenía fiebre. Le diagnosticaron gripe marciana, muy común
entre los habitantes del planeta. En unas horas, su cuerpo se cubrió de
pústulas verdes. Los médicos no contaban
con ninguna droga para los humanos. Esperaron a que su cuerpo superara
sólo el virus.
Tiritaba, de golpe le pareció que su vida era
un puñado de fotos sueltas, sin álbum, sin criterio cronológico. Tuvo miedo de
morir. Había llegado a los cuarenta años solo, como un paria, sin lazos que lo
amarraran a este fútil universo.
Permaneció en ese estado durante cinco días. Su mente caía en
huecos alucinatorios, en los que se encontraba con sus padres muertos y lloraba
como un niño. Envuelto manta refrigerante sintió que su cuerpo ardía.
Los granos tardaron cinco días
en irse. Se conectó al Skype. Hacía una semana que no
hablaban.
-Pensé mucho en usted- dijo,
avergonzado.
-Yo también.
-Estuve enfermo.
-Lo sospechaba.
Se miraron un rato directo a los
ojos. Estaban embelesados de amor. En una danza silenciosa, las prendas que cubrían
sus cuerpos cayeron. Hicieron el amor de forma telepática y se sintió integrado
al cosmos. Ella era un capullo abierto. Ninguna barrera los separaba.
Antes de
subir a la nave, imprimió su foto. Un compañero le preguntó si era su novia y no supo que contestar. Los cohetes se
encendieron para dar comienzo al viaje de regreso. Guardó la foto en el
bolsillo interior del traje para que le diera la suerte. Desde lo alto, Ulon parecía un mundo de
juguete.

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