Un avión
Juanjo revuelve papeles. En medio de la confusión de los últimos días, cree que podrían otorgarle algo de claridad. Miedos surtidos devoran su mente, retrasando decisiones inevitables.
2 de marzo del `99 París, Francia
Juanjo:
¿Cómo andás? Espero que estés
disfrutando de la vida tanto como yo lo estoy haciendo ahora. No pienses que te
dejé. Lo nuestro fue un encuentro imprevisto en el viaje de la vida y tarde o
temprano se volverá a repetir.
No estés triste. Para compensar mi huida, voy a darte un regalo. Quiero
llevarte de viaje. Este avión cruzará el océano sin pasajes, con la fuerza de
la imaginación y el deseo.
Una llovizna permanente acaricia
los seres y las cosas y vos estás ahí, con veintitrés años, tan libre como
nunca vas a volver a ser. Tenés ganas de explorarlo todo, de conocer esa ciudad,
envuelta en un halo de bohemia y misterio. Caminá Juanjo, no hay mejor forma de
conquistar un territorio extranjero que mover los pies. Hasta podés ir cantando
porque nadie te conoce y si te acusan de loco, vos no vas a entender. A cada
paso te acordás de Horacio y la Maga y su paraguas usado capítulo primero de
Rayuela, encuentro fortuito en un puente, más allá de la rue de Seine.
Nunca fuiste ingenuo. Sabés que esta alegría que te revienta el pecho
viene de ser turista. La gente que habita esas casas que mirás desde afuera,
tiene los mismos problemas que vos dejaste dormidos en tu país. Pero este
es tu momento, decís en voz alta. Mientras leías a la Pizarnik, construiste una
imagen mitológica de esta tierra y te negás a soltarla. “La niña de pelos escarchados
que tomaba un barco para huir de su tristeza”. Leer también es vivir, Juanjo,
lo sabemos nosotros que recitábamos poesías hasta el hartazgo para escapar de
la muerte. Mirando el Sena desde la torre Eiffel, nunca más vas a extrañarme,
porque entenderás que las distancias no existen y que uno jamás va solo, si no
cargado de amores, esos que te formaron en cuerpo y alma, que hicieron florecer
tu sexo.
Cata
Juanjo estruja el papel. Envuelta en un sentimiento parecido al
dolor, su memoria repite: “Explicar con
palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome”. Sin sacarse
siquiera los zapatos, se acuesta con las palabras de Cata, que se fue de ella,
igual que Alejandra, y ya no va a volver.
Ana Sofía Rey

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