Albiazul

-Anoche soñé con Dirty. Lo veía  saludándome con su sonrisa de nene.
- Ese negro no sonreía, mostraba los agujeros.
-Pero tenía una sonrisa de nene, entendés. De esas que salen cuando uno es feliz, así  de la nada.
-No sé,  yo nunca lo hablé. Sólo me acuerdo que una vez le pasé al lado y tenía  un olor a mugre que me revolvió el estómago.
- Yo lo saludaba todos los días, cuando el semáforo estaba rojo.
-Vos siempre tan sensible. Sos un ángel mi amor.
   Fernando mira a los ojos a la colorada, frases como las que acaba de decir provocan en él una mezcla de angustia y asco. 

-Vos no entendés, el Dirty era mi amigo.
- Claro bonito… al final no me contaste qué pasaba en un sueño.
-El Dirty me decía “Esperame”.  Solo eso me acuerdo, después sonó el despertador.  
   Es tarde.  Fernando besa a la colorada y sale a la calle. El aire fresco de la mañana lo termina de despabilar. Camina. La empresa queda a quince cuadras. Evita pasar por la esquina del Dirty para ahorrarse complicaciones sentimentales. En el trabajo, lo de siempre.
-Doscientos- pide el gerente y en el momento en el que él quiere discutirle el número, aclararle que es una masacre, una especie de mano invisible le oprime la garganta y se queda callado.  Soporta a duras penas las náuseas. Le provoca más repulsión el olor a perfume importado de su secretaria que la pura suciedad del Dirty que era de Talleres igual que él y cada tanto lo acompañaba a mirar un partido con el bar de Ayacucho.
    No sabe mucho de la historia del pibe. Cada tanto le comentaba alguna cosita como que vivía en Müller con su vieja y siete hermanos y que había probado el paco pero por suerte no le había gustado y prefería un buen chori con sangría a la orilla de la cañada. Prometieron ir a la cancha juntos pero nunca cumplieron. Uno por cuestiones de plata, el otro por incomodidades de clase.
   Cada uno con sus defectos. Él no tiene la culpa de tener que cuidar las apariencias siempre, así le había mandado sus padres. Y sin embargo está harto. Ya no lo complace su puesto de encargado de recursos humanos, ni sus ocho lucas al mes, ni sus estudios de grado. Nada de eso es noble, nada tiene sentido más allá de ese círculo frío que le hiela hasta los calzoncillos cada vez que se acuesta con la colorada.
    Termina de chequear ausentismos y apercibimientos.  Luego selecciona minuciosamente a los peores.  Los futuros desempleados quedan a la vista. Son un número en la lista de Excel que manda a imprimir. 
    A las ocho juega talleres. Por la puerta de la oficina aparece el jefe y él entrega  el informe, tratando de no mirarlo a la cara, de no escuchar sus felicitaciones.
   Sale de la empresa unos minutos antes de lo acostumbrado. Con el maletín en la mano empieza el camino de regreso. Se mueve lento como para no perderse ningún detalle del paisaje. Córdoba no descansa. A esa hora, la gente corre maratones urbanas que terminan en embotellamientos sublimes. Camina con más placer.
   Al llegar a la esquina de Ayacucho y Quirós se sienta en una  esquina de la plaza frente a la Cañada. Piensa en lo que dijeron los diarios de la muerte del Dirty: un enfrentamiento entre bandas de limpiavidrios por esa esquina de la ciudad.  Inventos. Él sabe que nadie molestaba al  Dirty porque esa esquina  que no daba mucha plata, la necesaria para comer una vez por semana un chori, en un puestito cerca de cañada y acompañarlo con un vaso de sangría.
   Fernando siente que lo devora el hambre  de justicia. Quiere hablar con su amigo periodista para limpiar la memoria del pibe. Sentado en la misma esquina en la que trabajaba el Dirty, está seguro de que eso  es lo que necesita, algo que lo haga sentir justo y leal. Todavía sigue sentado frente a la cañada cuando un hombre con una bandera de azul y blanca pasa frente a él. Mira la hora en su blackberry. Faltan diez para el partido. Apura el paso.  

   

Comentarios

Entradas populares de este blog

La gran bestia Pop

Desengaño