Crónica tv



¿Querés ser una estrella? Le preguntó la chimentera de crónica que tenía el pelo oxigenado, la mirada inexpresiva y la nariz pequeñísima, obra de algún bisturí poco talentoso. El músico movió la cabeza afirmativamente. Al verlo sentado ahí, tan auténtico, supe que me había enamorado. Es algo que me sucede casi a diario; me apasiono con los seres y las cosas, siento un
shhhhhhpaaaaaammmmpuuuuummmmmmmmm en el corazón y me quedo sosteniéndolo con la mano izquierda para que no se me escape. Allí estaba el tipo, en nuestro televisor, haciendo gala de un fuego sagrado, llama que arde y parece salirse de la pantalla que mi madre había prendido y contemplaba fastidiada ante la impudicia de quien para ella era un cínico, un adefesio, un escándalo para la moral cristiana y occidental.


Estábamos haciendo la sobremesa, era un día de semana igual a tantos otros. Desde que me habían despedido del estudio almorzaba todos los días con ella. El contacto cotidiano crispaba mis ánimos de manera considerable. Usaba cualquier excusa para salir de casa, incluyendo falsas idas al shopping a gastar un dinero inexistente. Ella lo comprendía y aceptaba mis mentiras como una muestra de respeto. Pero ese día no salí disparada después de la comida, me quedé a escuchar crónica, a charlar de manera intermitente con la mujer arrugada que me había dado la vida.

 Contemplé quieta al músico andrógino, cada vez más exultante, en contraste con la periodista de crónica que lo acusaba con preguntas insulsas ¿Te deprimís? ¿Querés salir del país? ¿Te considerás normal? Le decía y él impoluto, genial ante aquel derroche de mediocridad periodística. Para mí era la resurrección de Cristo. Aquel sujeto de labios rojos, corte carré y maquillaje celeste, tocaba la guitarra en la peatonal queriendo despertarnos y ya salían las huestes del demonio a crucificarlo. Siempre me habían gustado los punks pero nunca me había acercado a ellos por múltiples prejuicios que navegaban en mi mente de chica clase media, con educación cuadrada y tradicional. Mi máxima muestra de desprecio a las normas fue teñirme de colorado caoba una vez, a la los quince años, en medio de la revolución de hormonas. Me imaginé con una cresta colosal, toda vestida de cuero, con los pies enfundados en unas botas con tachas y los dedos de mi mano derecha entrelazados a los del sujeto de la tele. ¿Los punks se tomaban de la mano? Seguro que no.   


Mi madre hizo el amague de apagar el televisor. El diálogo entre la periodista de crónica tv. y el joven músico la irritaba. Me hubiera hecho mucho bien porque a las tres me esperaban y ya eran las tres y media y en Honk Kong alguien estaría cantando a la luna porque dicen que mientras aquí es de noche abajo es de día y que cuando una mujer está arriba disfruta más y que después de todo el sexo tiene mucho de política como la política lo tiene del sexo porque todos terminamos prostituidos y la verdadera naturaleza del hombre es ser impuro. Respiré hondo, aquel ejercicio de apasionamiento me había sulfurado. Mi madre abrazaba el rosario de plata que le colgaba del cuello. Reforcé la teoría de que debía ser adoptada. Aunque el parecido físico entre nosotras era innegable, ciertas cuestiones espirituales nos hacían opuestas. Ella era tan apegada a ciertas estructuras, incapaz de pensar de una manera distinta a la de la manada. Recordé a las señoras de la comunidad que habían venido hacía poco a su casa, con motivo de la celebración del natalicio de mi madre. Me bastó un vistazo para saber lo que pensaban de mí: era la estudiante crónica que jamás había traído un novio a la casa, seguramente sería lesbiana o extrañaría a mi padre muerto. Sentí escalofríos al medirme con sus reglas. 

La sirena de una ambulancia hizo que ambas nos distrajéramos por un segundo para verla pasar por la ventana y estacionar frente a la casa de al lado. Seguramente el vecino tendría una crisis de asma pero ninguna de las dos comentó nada. Mi madre se había olvidado la pava en la hornalla. Yo ni siquiera lamentaba no haber concurrido al encuentro laboral. Comprendí que el amor y el espanto pueden ser caras de una misma moneda. Ya nada nos separaría del televisor el tiempo que durara la conversación. En la mayoría de los canales, las entrevistas duran como máximo una hora pero en crónica pueden duplicar ese tiempo, incluso triplicarlo.

Seguramente el vecino se estaba yendo al hospital en el vehículo de emergencia mientras nosotras no apartábamos la vista del televisor. El joven músico mencionó que su familia lo apoyaba en su decisión de ser una estrella universal. Mi madre se enojó y comenzó a despotricar contra la juventud, sus modas, su gusto por las drogas, el delito, el sexo, la anorexia, la violencia, Satán, Buda, U2, y toda la porquería, y otras cosas que siguió diciendo como por media hora, hasta que se calló. El sujeto en la televisión había empezado a desvestirse. Se sacó la camisa lentamente y haciendo movimientos de pelvis. La periodista rió, evidentemente no lo creía capaz de seguir adelante. Aplaudí para mis adentros aquel magnánimo gesto de osadía. Imaginé que la falsa rubia sentiría asco ante el músico y su piel alejada de los solariums y circuitos de estética a los que ella dedicaba su vida fuera del canal.

 Podríamos haber evitado el desastre si hubiéramos sentido el olor a quemado. Nos ocupaban cosas más estimulantes, el músico había empezado a sacarse la pollera- era obvio que un sujeto como ese no podía traer ropa interior. Ella no contuvo el grito. Yo, enamorada como estaba, fijé los ojos en su cuerpo que solo se cubría con una guitarra. Otra vez, mamá hizo el amague de apagar. Mi celular sonaba de fondo pero no lo atendí, en lugar de eso, se me antojó apagarlo (lo hago cuando no quiero que los momentos de placer sean interrumpidos). Sentí una conexión entre el roquero y yo, tal vez nadie, de los millones de televidentes, se había quedado mirando la pantalla, podía suceder que fuera la única que lo estuviera contemplando, aplaudiendo su locura, diciéndole en silencio que lo necesitábamos para que nos ilumine con su luz de universo, con su fealdad, con su esfuerzo por salir de las absurdas normas. Sé que es absurdo decir que no vimos cuando se prendió fuego el repasador que por motivos que desconozco había quedado mal ubicado. Lo mismo pasó con las cortinas que empezaron a chamuscarse mientras yo quería tomarme un micro a Buenos Aires sólo para abrazarlo. Y decirle “Hermano, lo conseguiste. Estás brillando.  Ardés tanto que pocos toleramos contemplarte”.  

Mi madre se arrodilló. Empezó un rosario susurrante.  En aquel clímax inusitado y pornográfico, me acerqué a la pantalla para ver mejor, el humo del incendio me nublaba la vista. No sé cuándo ni porqué llegó mi hermano. Él no vive en nuestra casa. Hace cuatro años que huyó aterrado de las garras sobreprotectoras de mi madre y su perfume clerical. Siempre fue mucho más prudente que yo que todavía estaba embelesada con el eterno divagar de la periodista que le hacía interminables preguntas a mi ángel, cubierto únicamente con la guitarra. Primero apagó las cortinas con una manguera que trajo del patio. Luego puso un fin repentino a mi pasión.  Con el control remoto en la mano apagó el televisor mientras nos insultaba en todas las lenguas. Aquel chico tenía un problema de stress, se tomaba demasiado enserio las pavadas como esta. Cuando la pantalla del televisor se puso negra, mi madre abrió los ojos e interrumpió el rosario. Yo recordé que hacía una hora alguien, desconocido para mí, me estaba esperando en una oficina para ofrecerme trabajo. Tal vez si lo llamaba para explicarle lo del incendio de las cortinas, el ataque de nervios de mi hermano y la intoxicación del gato por monóxido de carbono, me entenderían y me darían otra cita.     

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