La espera


Alejandra le cebaba mate a su abuela Nina. Delante de ellas, un ventanal abierto dejaba correr el aire. Las mujeres vigilaban atentamente lo que sucedía en la calle. En el cuarto, además de las palabras, se oía el suave gotear de una canilla.
-Se rumorea que Pepe tiene un amante- dijo la joven. No miraba a la abuela, sus ojos de alambre se perdían a través del ventanal, en la casa del frente, en la espera de Pepe.
-Dicen que la mujer es dueña de un bar.
La abuela notó  ansiedad en Alejandra pero no quiso preguntarle nada, decidió esperar a que ella lo contara todo por propia voluntad.
-Ahí viene Pepe- añadió Alejandra.
-¿A dónde hijita?
-En la esquina.
- Pero niña, tengo ochenta años y siempre fui miope. No veo más que cinco metros para adelante.
-No importa- dijo Alejandra- Yo te cuento como viene.
-¿Cómo viene?-
-Trae un pantalón claro y una camisa celeste sin corbata. Parece como si el maletín en la mano izquierda le pesara mucho.
-¿Ahora lo ves?
-No nietita mía, pero lo imagino.
-Va sin su anillo de oro. Debe ser porque estuvo en el bar.
-En el bar de su amante- completó la vieja.
-Abuela- dijo la nieta, esperando el típico “hijita”.
-Hijita.
-¿Alguna vez tuviste un amante?
La pregunta no inquietó a la abuela, tal vez porque la había estado esperando.
-No
-¿Porqué?- preguntó Alejandra absurdamente.
-Porque me casé con amor, hijita. Tu abuelo era un buen hombre y la paciencia que nos tuvimos hizo que el amor nos durara hasta su muerte. Tuve suerte.
-¿Y si alguien no tiene suerte?¿Y si una mujer se enamora de un hombre casado?
-La vida es enredada y difícil, corazón- mientras hablaba, la abuela enrollaba la trenza entre sus dedos- No hay nada más terco que una muchacha enamorada.
Pepe se había quedado enfrente de su casa mirando en dirección hacia las mujeres. Parecía estar pensando en algo. Alejandra notó que los primeros cuatro botones de la camisa de Pepe estaban desabrochados. Observó su cabeza calva y sus orejas perfectas. El deseo era una daga que la había herido en lo más profundo.
-Abuela, me tenés que prometer algo.
-¿Qué amor?
-Que no dirás nada.
-¿En caso de qué?
-En caso de que notes algo extraño.
Alejandra se paró para abrir del todo el ventanal que tenía enfrente.  Un jardín con rosales, algunas amapolas y una calle de tierra la separaban del hombre. Los labios de Pepe se movían articulando una palabra que no llegaba a entender. Afinó el oído tratando de escuchar pero era un sonido muy débil. Cuando el sol casi desaparecía, entendió que le estaba pidiendo perdón. Pero era tarde.  Cometió aquel acto sin medir consecuencia alguna.
-Hijita ¿ves la mancha de tomate en la camisa de Pepe?
-Es su sangre, abuela.

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