La almohada
Ilustración: Laurel
Ya no camino bajo una lluvia de bombones. Ya no juego en la selección ni le doy un abrazo a Bochini. Ya no vuelo como súperman. Ahora cierro los ojos y veo monstruos. El miedo me agita la respiración. Creo que corro pero estoy en el mismo lugar de siempre. Mi mamá me pidió que no les tenga miedo porque no existen de verdad. Es mentira, sí existen. Ella no entiende porque nunca soñó una de mis pesadillas. Todo esto es culpa de me dejé la almohada en casa...
Fue la noche que tuvimos que irnos a los apurones. Yo estaba en la cama tapado hasta la nariz con mi frazada azul cuando sonó el teléfono. Mamá se levantó en camisón y sin chancletas. Tenía el pelo rojo suelto, muy despeinado. “Qué raro” dijo antes de atender.
La conversación duró un montón. Se ve que la persona que la llamaba tenía muchas cosas para decirle, porque ella se quedó calladísima con el teléfono en la mano. Después apoyó con bronca el tubo contra la base y se fue rápido a la pieza. Cerró la puerta como hace cuando quiere que yo no la escuche. Un rato más tarde, sentí la mano de papá dándome golpecitos en la espalda para que me levante.
-¡Arriba hijo!.- dijo papá. Sus palabras sonaban pastosas.
-¡Un ratito más!- le insistí, hundiendo mi cara en la almohada. No fue mi intención hacerlo enojar pero lo hice y me arrancó de un tirón la colcha.
-Callate y haceme el favor de vestirte rápido- ordenó.
Después de dar de gritarme, me pidió con voz bajita que metiera algunas cosas en mi mochila. Nos íbamos de visita a lo de una amiga de mi mamá.
-¿Porqué?- pregunté a pesar de que se lo notaba enculado. Me doy cuenta cuando miente.
-No es algo que puedas entender- respondió y me hizo sentir más chiquito de lo que en realidad soy. Mientras metía un par de cosas en la mochila pude ver cómo mamá abría una de las enormes valijas que guardábamos en la cochera. Desde aquel viaje a Brasil en avión, nunca habíamos vuelto a usarlas. Me alegré pensando que tal vez volveríamos a viajar.
Pasó como una hora hasta que oímos una bocina y salimos corriendo hacia un auto amarillo que había en la puerta, de esos que tienen las luces redondas y el techo curvado. El conductor era un señor de pelo amarillo que saludó a papá con un abrazó. A mí me frotó la cabeza con cariño. Hacía tanto frío que las manos se me helaron y la piel se me puso de gallina.
El viaje en auto duró mucho, tanto que me volví a dormir. Tuve un sueño negro como un televisor apagado. Yo creía que nos iba a dejar en la casa de la amiga de mi mamá pero nos tiró en un camino de tierra y tuvimos que andar un poco y cruzar un cañaveral para llegar a la casa de Sonia.
Me arrepiento de haber traído el cuaderno y la cartuchera, tendría que haber dejado todo eso en casa y aprovechar el lugar para traerme la almohada. Total ahora no estoy yendo a la escuela. Mamá dice que es peligroso. Y yo no le discuto aunque siguen sin explicarme porqué hacen lo que hacen
La dueña de la casa dice que podemos quedarnos acá todo lo que haga falta. Sin embargo, yo me aburro mucho y quiero volver al colegio y a casa. Es la primera vez que tengo ganas de ir a la escuela. Creía que volvíamos rápido, por eso cargué pocos juguetes. Encima Sonia no tiene hijos. Debe estar contenta de que nosotros le hagamos compañía. Lo único que tiene es un perro que se llama Berto. A la tarde le hago cariñitos y él me llena de babas. Cuando se me acerca a la cara me da asco bárbaro su aliento.
Otra vez los ví y de tanto correr se me cerró el pecho. Sé que son malos. Eso se sabe mejor en los sueños feos que en la realidad. Cuando estás despierto alguien puede parecer bueno y no serlo, pero cuando dormís no. Oigo sus gritos y me gustaría estar más lejos de ellos para no escucharlos. Si me quedo quieto me van a cachar. Tal vez me maten. Trato de ir más rápido, un vientito helado me golpea la cara. Si me agarran ¿Me tirarán en un pozo grande sin fondo?
Le pedí a mamá que pasemos por casa sólo un ratito, a buscar mi almohada y los rasting pero dijo que no. Entonces armé un zafarrancho. Le grité que me aburría, que era una madre muy mala por no mandarme al colegio. Lloré con llanto fuerte y dando patadas al aire. Culpa mía ella también se largó a llorar y prometió con la cara toda mojada que antes de dormir me contaría un cuento. Mamá sabe contar historias de los mejores.
El día se me pasó jugando con Berto. Es lo más divertido que hay en esta casa.
A la noche, ella me contó la historia que había prometido. Era un cuentito lindo donde la gente terminaba abrazada y comiendo torta de chocolate. Estaba contento por el final feliz y creía que iba a dormirme bien pero sonó el teléfono. Hubiese preferido que atendiera Sonia antes que mamá. Puede ser que mamu esperaba que alguna amiga la llamara para conversar como hace en casa. Se la pasa horas sentada en un banquito, charlando con Lula o con Teté. Se ríe como loca. Si siente el auto de papá dice rápido chau y corta porque él siempre la reta cuando la cacha hablando para divertirse.
Me quedé esperando escuchar algo hasta que aparecieron los monstruos. De repente estaba solo. Vinieron en autos largos y brillantes. Me moría de curiosidad por conocerlos de cerca. Así que, aunque sabía que era peligroso, me quedé paridito esperándolos. Tal vez no eran tan malos y sólo me perseguían para preguntarme algo. Frenaron el auto a unos centímetros de mí y se bajaron todos juntos. Eran cuatro y caminaban en fila haciendo ruidito con las botas. Los ojos del más grande se clavaron en mí. Avanzó. Ví su bigote y sus dientes negros mientras él me tomaba los bracitos.
Ahora no sé donde estoy. Me taparon la cara con un trapo y subí a su auto. Sentí los cuerpos de mamá y papá cerca de mí y eso me sacó el miedo. Otra vez, un viaje largísimo en auto. No me pude dormir. Abracé a mamá fuertísimo…
Les estaba por decir a mis papás que corramos todos juntos a la cuenta de tres. Yo que sabía los monstruos son lentos y si corríamos bien rápido no nos alcanzarían. Pero no tuve tiempo los hicieron desaparecer enseguida. Y me quedé solo con ellos como al principio del sueño. Ahora sí tenía mucho miedo. Vino uno de ellos y me sacó el trapo de la cabeza. Ví cerquita mío su cara horrible. El monstruo se reía de mí. De que estaba solito. De que me faltaba la almohada.

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